Caperucita Roja de James Finn Garner
De
camino a casa de su abuela, Caperucita Roja se vio abordada por un lobo que
le preguntó qué llevaba en la cesta.
-Un
saludable tentempié para mi abuela quien, sin duda alguna, es perfectamente
capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que es –respondió.
-No sé
si sabes, querida –dijo el lobo-, que es peligroso para una niña pequeña recorrer
sola estos bosques.
Respondió
Caperucita:
-Encuentro
esa observación sexista y en extremo insultante, pero haré caso omiso de ella
debido a tu tradicional condición de proscrito social y a la perspectiva
existencial –en tu caso propia y globalmente válida- que la angustia que tal
condición te produce te ha llevado a desarrollar. Y ahora, si me perdonas,
debo continuar mi camino.
Caperucita
Roja enfiló nuevamente el sendero. Pero el lobo, liberado por su condición de
segregado social de esa esclava dependencia del pensamiento lineal tan propia
de Occidente, conocía una ruta más rápida para llegar a casa de la abuela.
Tras irrumpir bruscamente en ella, devoró a la anciana, adoptando con ello
una línea de conducta completamente válida para cualquier carnívoro. A
continuación, inmune a las rígidas nociones tradicionales de lo masculino y
lo femenino, se puso el camisón de la abuela y se acurrucó en el lecho.
Caperucita
roja entró en la cabaña y dijo:
-Abuela,
te he traído algunas chucherías bajas en calorías y en sodio en
reconocimiento a tu papel de sabia y generosa matriarca.
-Acércate
más criatura, para que pueda verte –dijo suavemente el lobo desde el lecho.
-¡Oh!
–repuso Caperucita-. Había olvidado que visualmente eres tan limitada como un
topo. Pero, abuela, ¡qué ojos tan grandes tienes!
-Han
visto mucho y han perdonado mucho, querida.
-Y,
abuela, ¡qué nariz tan grande tienes!… relativamente hablando, claro está, y
a su modo indudablemente atractiva.
-Ha
olido y ha perdonado mucho, querida.
-Y…¡abuela!
Qué dientes tan grandes tienes!
Respondió
el lobo:
Soy
feliz de ser quien soy y lo que soy –y, saltando de la cama
aferró a Caperucita Roja con sus garras, dispuesto a devorarla.
Caperucita
gritó; no como resultado de la aparente tendencia del lobo hacia el
travestismo, sino por la deliberada invasión que había realizado de su
espacio personal.
Sus
gritos llegaron a oídos de un operario de la industria maderera (o técnico en
combustibles vegetales, como él mismo prefería considerarse) que pasaba por
allí. Al entrar en la cabaña, advirtió el revuelo y trató de intervenir. Pero
apenas había alzado su hacha cuando tanto el lobo como Caperucita roja se
detuvieron simultáneamente.
-¿Puede
saberse con exactitud qué cree usted que está haciendo? –inquirió Caperucita.
El
operario maderero parpadeó e intentó responder, pero las palabras no acudían
a sus labios.
-¡Se
cree acaso que puede irrumpir aquí como un Neandertalense cualquiera y
delegar su capacidad de reflexión en el arma que lleva consigo! –prosiguió
Caperucita-. ¡Sexista! ¡Racista! ¿Cómo se atreve a dar por hecho que las
mujeres y los lobos no son capaces de resolver sus propias diferencias sin la
ayuda de un hombre?
Al oír
el apasionado discurso de Caperucita, la abuela saltó de la panza del lobo,
arrebató el hacha al operario maderero y le cortó la cabeza. Concluida la
odisea, Caperucita, la abuela y el lobo creyeron experimentar cierta afinidad
en sus objetivos, decidieron instaurar una forma alternativa de comunidad
basada en la cooperación y el respeto mutuos y, juntos, vivieron felices en
los bosques para siempre.
James Finn Ganner , Cuentos infantiles
políticamente correctos.
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